Está en marcha la consulta popular al Proyecto de
Constitución de la República y las lecciones del suceso brotan por doquier.
Comenzaría por esas cuentas pendientes con la cultura cívica, que saltan a la
vista cuando la comprensión del documento da un traspié por aquellos que ahora
no tienen punto de comparación certero mientras lo estudian, porque no saben
mucho de la Carta Magna vigente desde 1976.
Echarán mano al sentido común, que a menudo es el menos
común de los sentidos, o mirarán hacia los referentes más inmediatos, que ojalá
no sea el estadounidense, cuya versión plagada de simplificaciones y
tergiversaciones se promociona a sí misma como la ideal. Tenemos, sí, una
cultura jurídico-cívica mal vestida o desnuda, a la cual esta consulta popular
transparenta sin ambages. Pero más que preocuparnos, se impone ocuparnos del
problema; sea este proceso la oportunidad de hacer algo al respecto.
Tratándose de analizar asuntos múltiples, lidiamos con la
posibilidad de que algo superficial solape a las cuestiones esenciales, al
hablar sobre lo que se estima más cercano al modo de pensar, a las prioridades
o a lo catalogado de relevante. Muchos discursan en torno a la interacción
entre las diversas formas de propiedad o la organización del Estado. Y hay
quien solo pide la palabra para opinar sobre la definición del matrimonio o de
ciudadanía. En contextos específicos podrían manifestarse pareceres con
respecto a las prerrogativas de los territorios.
Semejantes prácticas no son absolutamente negativas, pues en
la sumatoria de los criterios descansa parte de la riqueza y validez de la
consulta; no obstante, mirar en demasía al árbol podría impedir notar al
bosque, conduciendo a que unos temas acaparen en exceso la atención de la
opinión pública o publicada, en detrimento del resto.
Convendría no olvidar aquello que le da totalidad al texto
constitucional. El culto a la plena dignidad que nos legó José Martí. No por
gusto el Más Universal de los Cubanos se detuve en clamar que fuera esa la
primera ley de una patria libre. ¿Tenemos clara conciencia de qué significa a
los ojos de la contemporaneidad la dignidad soñada por el Apóstol? Tal vez esté
en el derecho a ser tratados como seres humanos y consecuentemente, tratar de
igual modo a los demás, al decir de Fidel en su concepto de Revolución.
No puede, considero, haber medias tintas en la decisión de
compartir el principio de igualdad de derechos; tampoco espacio para la
discriminación por motivos de color de la piel, género, creencia religiosa,
orientación sexual o cualquier elemento que coloque a unos por encima de otros.
A sabiendas de que esos derechos individuales solo están limitados por los de
los demás, la seguridad colectiva, el bienestar general, el respeto al orden
público, la propia Constitución y las leyes.
A la hora de formarse un juicio es necesario advertir que la
nueva Carta Magna mantiene el carácter laico del Estado, lo que supone la no
preeminencia de una religión por encima de otra; y refrenda, además, el estatus
unitario de la República, reforzando a la Asamblea Nacional del Poder Popular
como órgano supremo del Estado.
Mucho de lo que ahora se debate pone a prueba la capacidad
del sistema político y de la sociedad civil para conducir con inteligencia
momentos en los que las visiones personales son irreconciliables, por razones
de creencias o costumbres asumidas casi como naturales. El peligro de la
fractura social es cierto, mas, no puede conducirnos al facilismo de pretender
dejar las cosas tal cual están por temerle a discutir o peor aún, por intentar
eludir la responsabilidad de explicarles luego a nuestros hijos.
Asumamos la controversia como el espacio donde todas las
opiniones merecen respetarse, porque ahí yace esa especie de levadura que
permite crecer a las esencias irrenunciables de la nación. La diversidad de
ideas es absolutamente nítida, por tanto, no es discutir, que eso lo hacemos
cada día, sino sobrevivir al debate.
Por István Ojeda Bello